LA RECONQUISTA CRISTIANA
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Se denomina Reconquista al proceso histórico en que los reinos cristianos de la Península Ibérica buscaron el control peninsular en poder del dominio musulmán.
Este proceso tuvo lugar entre los años 722 (fecha probable de la rebelión de Don Pelayo en la batalla de Covadonga) y 1492 (final del Reino nazarí de Granada con la conquista por parte de los Reyes Católicos del último territorio árabe en la Península).
En 711 se produjo en la península Ibérica la primera invasión de los musulmanes procedentes de África del Norte.
Entraron por Gibraltar (que precisamente debe su nombre actual a Tarik, general que desembarcó allí) y que el propio Don Rodrigo, uno de los últimos de los reyes visigodos, fue a rechazar, perdiendo la vida en la Batalla de Guadalete (en la localidad gaditana de Arcos de la Frontera).
Tarik fue llamado a Damasco, entonces capital del califato, para informar y nunca más volvió. Su lugar lo ocupó el gobernador Abd al-Aziz, comenzando el emirato independiente.
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A partir de este momento empezaron una política de tratados con los nobles visigodos que les permitió controlar el resto de la península. En 716 Abd al-Aziz fue asesinado en Sevilla y se inició una crisis tal que en los siguientes cuarenta años se sucedieron veinte gobernadores.
En este año, 716, los árabes comenzaron a dirigir sus fuerzas hacia los Pirineos para tratar de entrar en el Reino Carolingio (su monarca era en ese momento Carlos Martel, y años más tarde, Carlomagno).
La veloz y contundente invasión norteafricana, además de por los factores que propiciaron la expansión mundial del Islam, se explica por las debilidades que afectaban al reino visigodo:
- El frágil e incompleto dominio que ejercía sobre el territorio peninsular –en 711 el rey Rodrigo se hallaba dirigiendo una campaña militar en el norte.
- La división de sus nobles, con enfrentamientos vinculados a la elección de los sucesores al trono de una Monarquía (electiva) no hereditaria.
- Una aristocracia terrateniente –de tardía conversión al catolicismo- superpuesta a una población, libre o servil, con condiciones vitales muy duras, entre la que latía un fuerte descontento. Muchos de ellos recibieron la conquista como una mejora de su situación.
- La decadencia de la actividad mercantil derivó en una minusvaloración de la población judía, que en gran medida la protagonizaba. También ellos pudieron ver una ventaja en la situación de las minorías hebreas amparada por la jurisdicción islámica.
Tras la invasión, la resistencia cristiana se centra en el norte en ASTURIAS y la cornisa cantábrica.
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En el año 718 se sublevó un noble llamado Don Pelayo. Fracasó, fue hecho prisionero y enviado a Córdoba (los escritos usan la palabra «Córdoba», pero esto no implica que fuera la capital, ya que los árabes llamaban Córdoba a todo el califato).
Sin embargo, consiguió escapar y organizó una segunda revuelta en los montes de Asturias, que empezó con la batalla de Covadonga de 722.
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Esta batalla se considera el comienzo de la Reconquista. La interpretación es discutida: mientras que en las crónicas cristianas aparece como «una gran victoria frente a los infieles, gracias a la ayuda de Dios», los cronistas árabes describen un enfrentamiento con un reducido grupo de cristianos, a los que tras vencer se desiste de perseguir al considerarlos inofensivos.
Probablemente fuera una victoria cristiana sobre un pequeño contingente de exploración. La realidad es que esta victoria de Covadonga, por pequeñas que fueran las fuerzas contendientes, tuvo una importancia tal que polarizó en torno a Don Pelayo un foco de independencia del poder musulmán, lo cual le permitió mantenerse independiente e ir incorporando nuevas tierras a sus dominios.
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EL RESTO DE LOS REINOS CRISTIANOS
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La dinastía Omeya de Damasco fue derrocada y subió al poder la dinastía Abassí de Bagdad. Uno de los supervivientes, Abderramán Ben Omeya, se trasladó a Córdoba y se proclamó emir independiente (756-788).
Las luchas internas en la Península propiciaron que Carlomagno, rey de los francos, penetrara hasta el sur de los Pirineos, en una zona donde el Reino de Navarra había logrado mantener cierta independencia apoyándose, según les convenía, en astures, musulmanes o francos.
Con Abderramán III (912-961) se consolida el califato de Córdoba, que se extendía hasta el valle del Duero y más allá de Ebro. El califato independiente se convirtió, durante más de un siglo, en el centro cultural y comercial más activo de occidente. Allí acudían filósofos, médicos, geógrafos, historiadores y artistas de todo el mundo musulmán. A partir de ahí llegó el principio del fin.
Mientras el califato se disgregaba, el rey de Navarra Sancho el Mayor , consiguió extender su influencia a toda la España cristiana, desde los condados catalanes hasta el reino de León. Pero, en su testamento, repartió sus dominios entre sus tres hijos. García de Nájera le sucedió en Navarra; Ramiro recibió el condado de Aragón y adoptó el título de rey, y Fernando recibió Castilla que había sido convertida en reino, al que por herencia unió el reino de León., a la muerte sin sucesión de su cuñado, Bermudo III.
A todo esto, los condados catalanes se enmarcaban en la denominada Marca Hispánica. Francos o gente de Barcelona, les llamaban en los otros reinos peninsulares, pero los francos les llamaban hispanos. El sentimiento catalán se formó por la oposición a francos y musulmanes.
El primero de los condes de Barcelona fue Wifredo I, el Velloso inició una dinastía que consiguió independizarse de la monarquía carolingia , pues se negó a rendir vasallaje al monarca franco,
Ramón Berenguer I (1035-1076) consiguió crear Cataluña, ya que aglutinó bajo la autoridad del Conde de Barcelona todos los otros condados, configurando de esta manera el principado en ciernes.
En lo referente a la legislación civil, mandó recopilar (1068) los usos y costumbres de Barcelona en un códice llamado en latín Usatici, que, traducido al catalán con el nombre de USATGES, regulaba las relaciones entre señores y vasallos.
Todos los nuevos reinos y condados continuaron su lucha por extender sus territorios y forzaron a muchos de los reinos de taifas a pagar tributo. Esto, unido a la mejoría económica por la entrada de peregrinos que recorrían el camino de Santiago, reforzó la situación de prosperidad de los reinos cristianos.
El avance de la Reconquista, y especialmente la toma de Toledo (1085) por el rey Alfonso VI de Castilla obligó a los reinos musulmanes a pedir ayuda a sus vecinos del norte de Africa, los almorávides, grupo de religiosidad intransigente.
Los árabes, tras reunir más tropas en Sevilla y en Granada, vencieron a Alfonso VI el Bravo en la batalla de Zalaca (1086). Con esta derrota se inicia para Alfonso, tras catorce años de sonados éxitos militares y políticos, un periodo de desgracias e infortunios a pesar del inestimable apoyo de su vasallo El Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar.
Yusuf consiguió unificar la España musulmana bajo su poder y expulsó a los soberanos de los diferentes reinos de taifas; con ello puso fin a la brillante cultura hispano musulmana. Frente a la carencia de una arte almorávide, el arte cristiano se materializó, entre otras manifestaciones, en una gran expansión de iglesias y monasterios de estilo románico.
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A mediados del siglo XII, la Reconquista había experimentado un notable avance, tanto en Castilla, como en Aragón. Pero Alfonso VII de Castilla, dividió el reino entre sus dos hijos, Sancho III de Castilla y Fernando II de León, con lo que se inicia un periodo de rivalidad entre los dos reinos.
Mientras Portugal y Navarra afianzaban su independencia, Aragón y Cataluña se habían unido (1137) por el compromiso de matrimonio entre la heredera del reino de Aragón, Petronila, que solo contaba dos años de edad, y el conde de catalán Ramón Berenguer IV que había heredado los condados catalanes, .
Ramón Berenguer prometió respetar los fueros , usos y costumbres aragoneses, y solo detentó el título de Príncipe de Aragón, nunca el de rey. Ramón Berenguer fue un excelente diplomático que además de consolidar la unión definitiva entre el reino de Aragón y el condado de Cataluña obtuvo notables triunfos en la guerra contra los musulmanes.
A cambio de su alianza con Alfonso VII de Castilla, el Emperador de los reinos cristianos españoles, contra Sancho VI de Navarra y de reconocer al rey de Castilla su “Alta Señoría” sobre todas las tierras de España, consiguió que se le reconocieran los derechos de conquista que los catalanoaragoneses tenían sobre las tierras de Valencia y Murcia y no pagar tributo, ni rendir vasallaje al rey castellano.
Petronila, que siempre había delegado las tareas de gobierno en su capaz esposo, quedó viuda a los veintiocho años y abdicó en su hijo primogénito, Ramón Berenguer, que, en memoria de su tío Alfonso I el Batallador, rey de Navarra y Aragón, adopto el nombre de Alfonso II.
Alfonso solo tenía doce años de edad y contó, por acuerdo en vida de su padre, con la protección del monarca británico Enrique II de Plantagenet, duque de Aquitania por su matrimonio con Leonor de Aquitania.
La intervención de los almohades representó una grave amenaza para los reinos cristianos, especialmente para Castilla donde se creó, como medio de defensa, la orden militar de Calatrava (1158). En 1195, Alfonso VIII de Castilla es derrotado en Alarcos.
La reacción cristiana llegó en el año 1212 y en la batalla de las Navas de Tolosa los reyes de Castilla, Aragón y Navarra, al frente de sus respectivas tropas, derrotaron al ejército almohade, lo que significó el fin de su poder. La expansión de los reinos cristianos seguía avanzando.
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Después de las Navas de Tolosa, la España musulmana fue cayendo en poder de los cristianos. Tras la conquista de Mallorca (1229) y Valencia (1238) por Jaime I de Aragón; de Córdoba (1236) y Sevilla (1248) por Fernando III de Castilla y León, y de Cádiz y el reino de Murcia por Alfonso X; solo quedó en manos musulmanas el reino de Granada, que subsistió dos siglos como vasallo y tributario de la corona de Castilla, esta demora en completar la reconquista fue debido a las frecuentes luchas internas en este reino.
La rápida extensión de esta última fase de la Reconquista y la escasez de población de los reinos cristianos hicieron que parte de la población musulmana permaneciera en sus tierras, tributando a los nobles o a las órdenes militares que habían apoyado a la corona en la conquista.
Así se formaron los latifundios del sur de España y Portugal. La nobleza, con una clara falta de visión que respondía al desprecio por el trabajo manual que tan graves consecuencias tuvo para España en los siglos siguientes, dedicó con preferencia sus tierras a la ganadería en perjuicio de la agricultura que tan sabiamente se había desarrollado en la España musulmana, esto supuso convertir Castilla en una potencia lanera.
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